
Tras momentos de tensión, la llegada de un contingente de universitarios de la UCV y otras universidades, el reacomodo del cordón policial, la llovizna, la breve caminata hasta la Conferencia Episcopal Venezolana, el aguacero, la llegada de un grupo de diputados y la posibilidad de que los estudiantes tuvieran un derecho de palabra en la Asamblea Nacional, la jornada de protesta parecía haber llegado a su fin, ya casi despidiendo la tarde. Durante todo el periplo la consigna que más se escuchó fue "No somos golpistas, somos estudiantes".
Los que aún esperábamos sobre el asfalto mojado, nos devolvimos a la Católica para cortar camino a la estación del Metro de Antímano. Las manecillas daban las seis de la tarde. Confundidos entre los adolescentes, con el sudor acariciándonos la espalda, conocimos por los espontáneos fiscales de circulación dentro del campus que la estación del Metro no funcionaba por el momento. Empanadas y té, conversas fortuitas, 30 minutos de espera. El anuncio de reapertura hizo que más de un centenar de almas cansadas desfiláramos por la pasarela que acerca a los ucabistas a la estación. Paso redoblado de este lado, del otro, los demonios exiliados de Pandora.
Para terminar así la jornada, hubiera preferido bailar sobre perdigones y perderme en los torbellinos de brazos que preceden a los culatazos de fusil. Para ver lo que vi, quedar ciego por el jugo ácido de las lacrimógenas, tosiendo soberbias coaguladas con sangre por las fosas nasales. Antes de sentir aquello, perder un zapato, abotonarme mal la camisa y empeñar la razón a plazo fijo durante toda una semana.
Una doble columna de policías metropolitanos extendía una doble fila entre la entrada de la Ucab y la estación del Metro de Antímano. En el medio de este túnel azul petróleo un oficial filmaba a sus transeúntes. Detrás de los policías un grupo de alrededor de 200 personas escupían, gritaban, vociferaban, gesticulaban descomponiendo sus rostros, tensando los músculos de sus manos, pateando furiosamente el piso. Caminando sobre el vértigo, debajo del "¡asesinos!, ¡golpistas!, ¡oligarcas!, ¡hijosdeputa! y ¡maricos!", los estudiantes delante ponían cara de desentendidos. Yo me reducía a dos cuartas de estatura. 5 horas antes el Defensor del Pueblo afirmaba que el presidente no quería enfrentar a la gente entre sí. Pero yo, en ese preciso momento, recordé que la sociología me había enseñado a utilizar correctamente las categorías analíticas. Y nada se me pareció tanto a la palabra que pronuncié al final de aquel linchamiento simbólico: fascismo. Si las palabras crean realidades, desde ese día tengo los labios quemados.
Como si los cuervos no volaran ya suficientemente alto, los vagones dirección Zona Rental arribaron al andén en oscuras, en tinieblas permanecieron y en sombras transportaron la respiración cortada de quienes escapábamos del frenesí. En el siguiente andén, puntualmente, encendieron la luz para recibir a los nuevos pasajeros.
Rafael Uzcategui
Coordinador de medios en la ONG de Derechos Humanos Provea (http://www.derechos.org.ve ) y miembro de la redacción de El Libertario (www.nodo50.org/ellibertario)
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